Lo bueno de no haberle puesto remitente a aquella carta, es que no nos compromete a ninguno… al menos más allá de la complicidad interna. Y como siempre, hay mucho que decirte; pero quizás poco tendrás que leer.

Pudiste haber sido tu, si es verdad. Pudiste, y para que te lo niego, si lo que soñaba aquella vez ya no es frecuente, ni siquiera fuerte; pero si reprocho que en efecto, pudiste haber sido tu.

Y no es porque haya un reemplazo que te lo impida, que nos lo impida, es que los tiempos de la misiva son otros. La distancia es otra. Los motivos para leerme o no, también son otros. Pero si llegaste hasta aquí, gracias por siempre estar; ausente, silente, lejana… ahora, ajena.

Voy a cambiar el amor que te guardé en aquella carta, que me enteré que leíste por los dardos que lanzaste en la agonía del amor que profesábamos… Voy a cambiarlo por la admiración que siento por ti, por la templanza antes de mutar a esa actitud imponente que nos acabó y que espero, por tu bien y el de la humanidad que ese sentimiento abstracto haya salido de ti. Cambié ese montón de palabras que acumulé para decirte y que nunca reclamaste, que más bien aborreciste, por las respuestas que siempre doy cuando hablan de tu cabello lacio. La cantidad de besos que nos debemos ya es otra historia, nadie le debió tanto al mundo.

Tanto asustaron mis letras, que la parálisis de la que hablabas llevaron al coma a tus emociones… te inmutabas, pero por el efecto contrario, me quisiste libre, pero no lo creíste. El compromiso de ponerle tu nombre a mis letras fue tu ejercicio interno mejor llevado, pero vaya que la responsabilidad de cargarlas a cuesta sirvieron para otros y no para quién te las regaló. No te juzgo… O bueno sí, por esta manía de entregar lo que nadie pidió, pero así soy y no lo oculto. ¡Qué más da!

Las confesiones sobre nosotros continúan, a pesar que de ti haya muerto el sentimiento, el exterminio de la historia no te toca, pero te castiga. Y sí, sigues siendo tú la dirección de remitente de esta carta… tu la afortunada, pero ahora de otro, que no te escribe y por ende al que tampoco lees. ¡Hola mi amor! Esta carta, también es para ti, que sigues sin leerme.

Lee la Carta a ella que no lee, para entender.